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La imagen de la mujer en la poesía de Enrique Lihn

Rosario, Beatriz, Paulina, Isabel, Lenka, Nathalie, Franci(s), Verónica, Raquel, Gabriela, María Dolores, Adriana, Claudia, Venus, Salomé, Herodías, Filis, Filomena, Psique, la muchacha cubana, la muchacha del pueblo, la muchacha florentina, la muchacha canela, la guitarrista más bella del mundo, la reina de corazón, la tapicera perfecta, la “girl asleep”, Martha Kuhn-Weber, la anciana adorable de Poemas de este tiempo y de otro y ¿por qué no?, las ninfas y las sirenas, componen un mapa luminoso, y no por ello menos tenso, de la poesía del chileno Enrique Lihn. Un mapa de gran ilustración, muchos flujos y evidente nobleza. Allí lo cotidiano y lo mitológico se combinan, la vida y la muerte tienen asiento y la poesía se alza como un presente en su doble significación de regalo y permanencia. El amor y la poesía en una “especie de postulación a la posteridad… pero sólo en la medida en que se lea como una de esas iluminaciones compensatorias que nos permiten, piadosamente, sobrellevar una depresión muy intensa… De todos modos, escribir (amar) es un acto de …

Escaleras de Eduardo Scala

Eduardo Scala quemó toda su obra poética escrita entre los años 1967 y 1973 para renunciar a su voz y encontrar nuevos códigos o sistemas poéticos. Poeta, artista y ajedrecista nacido en Madrid en 1945 sorprende por su poesía gráfica.

La mirada

Un hombre encuentra a una mujer por la calle, la toma, la lleva de inmediato a su casa y una vez allí la desnuda completamente y se dedica a contemparla. La situación es simple: ella de pie, a cuatro pasos del hombre que la mira desde un viejo sillón de cuero: la mira dentro de un círculo perfecto, sólo perturbado por los reflejos de algunos objetos laterales que apenas colorean el aire. La mira sin pausas, limpiamente, como sólo puede hacerlo el ojo frío y destructor de los sueños. Al poco rato, los brazos desgajados se desprenden y todas las protuberancias se deslían, teniendo como centro el foso imantado del vientre. Cuando delante de él no hay más que aire y luz del día, el hombre oye en su cabeza el zumbido de cien años de vida. Cierra los ojos y piensa que dormirá hasta que lo despierten. Salvador Garmendia en ‘Los escondites’ / Fotografía de Alain Giraud

Y aparece la liebre y ya no tiene frío

17 de octubre de 1935. Habiendo recomenzado esta mañana y terminado el poema de la liebre, del cual, justamente por culpa de la liebre, desesperaba, siento cierta osadía para perseverar en el oscuro esfuerzo. Me parece haber conquistado de veras tal instinto técnico que, sin pensar deliberadamente en ellas, mis fantasías me brotan ya imaginadas de acuerdo con esa fantástica ley que mencionaba ello de octubre. Y mucho me temo que eso significa que ya es hora de cambiar de música, o al menos de instrumento. Si no, llego a un punto en que, antes aun de componer la poesía, esbozo un ensayo crítico. Y la cosa se convierte en un asunto tan burlesco como el lecho de Procusto. He aquí la fórmula hallada para el futuro: si antaño me torturaba por crear una mezcla de mis lirismos (apreciados por su ardor pasional) y de mi estilo epistolar (apreciable por el control lógico e imaginativo) y el resultado fueron los Mares del Sur con toda su coda, ahora debo encontrar el secreto para fundir la …