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Gainsburg y el abominable Dr. Phibes

Justo en el 25 aniversario de la muerte de Serge Gainsburg, el escritor Jacques Lapouge relata en su reciente libro Cinéma et idéologies lo que el recordado compositor y poète-maudit parisino le confesó en el La Rotonde de Montparnasse una noche de verano de 1981: “Que ya era hora de que dentro de una sociedad presuntamente avanzada como la francesa se rehabilitara en toda su integridad la figura y la obra del Dr. Phibes”. No le había complacido al seductor chansonnier judío-francés el tratamiento político que Robert Fuest intentó en su terrorífico film. En cambio, encontraba en la película “El regreso del Dr. Phibes” un compendio filosófico sádico: el sensualismo desbordado y desbordante y el triunfo del vicio sobre la virtud con un fatalismo rectilíneamente predeterminado. Reivindicando a Robert Fuest, queremos recordar aquí que en su film “Aphrodite” se realizaba un sarcástico milagro de multiplicación de panes y peces entre una gente que abominaba el pescado. Visto hoy, el impacto terrorífico de la película puede haber disminuido, pero el demoledor y sutil mensaje que encierra …

La misteriosa mano de un genio

Mi góndola seguía los pequeños canales; como la misteriosa mano de un genio que me condujera por los recovecos de aquella ciudad de Oriente, a medida que iba avanzando, parecían abrirme un camino en pleno corazón de un barrio que dividían apartando apenas, con un delgado surco arbitrariamente trazado, las altas casas de pequelñas ventanas moriscas (M. Proust)

La mirada

Un hombre encuentra a una mujer por la calle, la toma, la lleva de inmediato a su casa y una vez allí la desnuda completamente y se dedica a contemparla. La situación es simple: ella de pie, a cuatro pasos del hombre que la mira desde un viejo sillón de cuero: la mira dentro de un círculo perfecto, sólo perturbado por los reflejos de algunos objetos laterales que apenas colorean el aire. La mira sin pausas, limpiamente, como sólo puede hacerlo el ojo frío y destructor de los sueños. Al poco rato, los brazos desgajados se desprenden y todas las protuberancias se deslían, teniendo como centro el foso imantado del vientre. Cuando delante de él no hay más que aire y luz del día, el hombre oye en su cabeza el zumbido de cien años de vida. Cierra los ojos y piensa que dormirá hasta que lo despierten. Salvador Garmendia en ‘Los escondites’ / Fotografía de Alain Giraud

Cuando anochece…

La noche ejerce una extraña fascinación  sobre nosotros. En ella todo es posible porque las cosas pierden sus contornos reales y precisos y lo que con el sol era un árbol es, con la oscuridad, un hombre de mil brazos que se tambalea y quiere atraparnos. Nada es igual y sin embargo todo permanece inalterado. Esto ya lo sabían los románticos que poblaron sus obras de misterios no desvelados y de amores que hallaban en la noche un espacio donde poder conjugar lo cierto con lo soñado, la verdad con ese hálito de imposibilidad que todo amor lleva consigo. Cornelia Street. Foto de Jean-Philippe Rebuffet