CIUDADES

Paseos por Venecia

Aquí me paso el día navegando por los canales. En el interior de una góndola lustrada por el tiempo, recorro sus calles estrechas como pasadizos míticos, transito bajo los puentes que la historia se encargó de hacer leyenda, y observo la minucia con que la humedad labra la piedra de los palacios: la mancha de musgo con su geografía leonardiana, la balaustrada de un balcón y su rovín añejo, el griterío de las yedras rompiendo el roto entramado de la sillería, las marcas de niveles que corren por los corredores y el abandono de portales que ya casi empiezan a habitar la superficie de las aguas. Dentro de la góndola el mundo es algo que se mueve despacio y lo único del universo es lo que es: el cielo.

Alrededor todo transige con la calma: los gestos de la luz en las fachadas rosáceas —como de almíbar o jalea— de los palacios de príncipes y duques, el paso caminante de los escudos y las muecas que los antiguos dejaron en lo que no nos deja nunca, en la piedra que levanta y afirma, el sosiego de sentirse a un paso de algo, y a la vez, en ese mismo algo: el sosiego de sentirse en una estancia mimada por la historia. No la historia de cancerberos maestros del claroscuro, no la historia de batallas y comercios, sino la historia que la historia no fabrica, que nace del fondo subrepticio de algún lugar de la conciencia, la que nos habla antes de entender, la que se agranda con los calendarios y no caduca jamás.



Hablo de viajeros que aquí escribieron sus andanzas, de nostálgicos que creyeron encontrar el poso oscuro en el que sus lágrimas se tornaban iridiscentes, y de Wagner y su fúnebre cortejo, y de Stendhal en su acorralada personalidad, y de quien vive lo que nunca llega a vivir con el sólo saberse frente a San Marco en una plaza llovida de palomas azules.




Y así un día y otro día, perdido a voluntad en el laberinto de agua que Venecia me construye. Un día y otro día sintiendo el giro del universo en su movimiento calmo mientras la embarcación desprende del agua un rumor como de gozo, como de hembra que abre el filo de sus piernas. Un día y otro día en un tiempo que se detiene en un espacio que no existe: abrir los ojos o cerrarlos es la misma cosa: es tan sólo el mecerse del laúd lo que aviva la conciencia del estar y así la vida se convierte en un mecimiento continuo: un dejarse llevar por la calle del agua a la sombra de un palacio de nube. Me costó al principio, pero ahora es ya lo habitual. El gondolero, siempre el mismo, hinca percha en la amanecida para que en las aguas pueda observar el agua y sus reflejos iridiscentes sobre lo que queda de oscuro: así, la palidez de leche de la piedra desprende en un instante colores imposibles y el agua macilenta refleja las gamas de Kandinski no bien salidos de un callejón donde aún la noche resguardaba su luz.


Hace unos días arreció más la lluvia. Tanto es así que la tormenta lo espantó todo: los turistas, el quehacer cotidiano, el canto de las aves, el motor de las barcazas: era tan quedo entonces el lugar que parecía un crimen mover una mano o pronunciar una palabra. Como sabía dónde encontrarlo, me propuse localizar al gondolero. Nada más verme me sonrió y dejó el vaso de vino: ya empieza también él a ser un poco así, un poco de otro mundo. Recorrimos, sentado él y percheando yo, el cobertor de lluvia con que la Venecia del norte mostraba su condición. Y sobre sus calles, en el silencio de espanto con que la tormenta se anunció aquella mañana, había música: música de canalones con los agudos del metal, música de cornisas goteando a raudales las cuerdas de arpas gigantescas, música de mandolinas sobre poyos o balaustres de piedra pulida, música de percusión diminuta cuando es el turno de las vidrieras emplomadas, música de cuerda en el aguar de gárgolas y en el desaguar de sumideros, música de orquestas enteras en la atronadora descarga de la lluvia sobre las plazas y sobre los heliotropos de las paredes, música del agua sobre el agua en un continuo de adagio, como de clavicémbalo que de repente se vuelve loco y se teclea a sí mismo un movimiento sin fin, una frase hallada en el silencio de sus teclas antiguas, música de Corelli que despierta y vuelve a sonar, muchos siglos después, en los mismos espacios, música primitiva de Monteverdi desterrada de su abandono por la lluvia y su espanto, música de músicas la que el agua inflige al agua, mientras de pronto detengo la embarcación, en mitad de un canal estrecho: ‘tal vez la Obertura de Dioceclano…’ ‘Tal vez, tal vez —me responda el gondolero—, la inglaterra de Purcell siempre fue un poco del sur’.



Pero salimos a otra zona de laberintos y ahora la Chacona de Vitali, y cuando se abre el paso de una larga avenida salpicada por la lluvia es la trompetería de Teleman la que nos recibe haciendo girar el metal de cruces, balcones, veletas, manijas o plomo de cristales que oscurecen su color, y, más allá, donde la lluvia se esconde bajo su propia trampa y parece tragarse una parte de Venecia, es Lohengrin el que soy, sobre un cisne traspasando la aventura de lo consciente, y cuando la luz disuelve la ferocidad de la lluvia, ya la música es todas las músicas y oigo junto a mí un chasquido farragoso: es el gondolero que aplaude, y ahora, cigarro en boca, somos ambos los que aplaudimos y reímos y movemos como muchachos los costados de la góndola, sacamos burla a una sombra que se desliza por la sombra de un ventano de visillos corridos y hasta, como si ya no fuéramos anfibios de tan caladas que tenemos las vestimentas, osamos tocar las aguas, chapotear sobre ellas, arrojárnosla a la cara en un juego de júbilo donde ambos somos dos niños sin prisas.

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De repente vemos, donde nada hay, la figura de un cardenal con unos cartapacios en la mano y luego reímos, reímos como si la risa no tuviera medida, reímos hasta sujetarnos el vientre, hasta tener que orinar por la borda mientras, desde la orilla, una máscara nos saluda, penacho en mano, en tiempo que no es carnaval, y ambos reímos de nuevo, tanto, tan estruendosamente reímos, que caemos en las aguas del canal y entonces sí que parecemos despertar de un sueño. A la vuelta, el gondolero ha seguido con su pose de personaje de otra época, y yo he seguido contemplando el cosmos exacto de las formas, la lentitud del movimiento, la cadencia de las luces, cómo todo se mueve menos yo.

Texto: Abrir los ojos o cerrarlos es la misma cosa, del libro La línea de Luz de Robert Gómez i Pérez. Fotografías: M. Hostalet

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