poesía

Y aparece la liebre y ya no tiene frío

17 de octubre de 1935. Habiendo recomenzado esta mañana y terminado el poema de la liebre, del cual, justamente por culpa de la liebre, desesperaba, siento cierta osadía para perseverar en el oscuro esfuerzo. Me parece haber conquistado de veras tal instinto técnico que, sin pensar deliberadamente en ellas, mis fantasías me brotan ya imaginadas de acuerdo con esa fantástica ley que mencionaba ello de octubre. Y mucho me temo que eso significa que ya es hora de cambiar de música, o al menos de instrumento. Si no, llego a un punto en que, antes aun de componer la poesía, esbozo un ensayo crítico. Y la cosa se convierte en un asunto tan burlesco como el lecho de Procusto.

He aquí la fórmula hallada para el futuro: si antaño me torturaba por crear una mezcla de mis lirismos (apreciados por su ardor pasional) y de mi estilo epistolar (apreciable por el control lógico e imaginativo) y el resultado fueron los Mares del Sur con toda su coda, ahora debo encontrar el secreto para fundir la fantástica y sentenciosa vena de Trabajar cansa con la otra, burlona y realistamente entonada a un público, de la pornoteca. Y es indudable que eso exigirá la prosa.

Porque sólo una cosa (entre tantas) me parece insoportable para el artista: no sentirse ya en los comienzos.

Simplicidad

El solitario –quien ha estado en prisión- vuelve a su encierro
cada vez que muerde un pedazo de pan.
En prisión soñaba con una liebre que huía
sobre la tierra invernal. En la niebla de invierno
el solitario vive tras los muros del camino, bebiendo
agua fría y mordiendo su pedazo de pan.

Uno cree que después renacerá la vida,
que la respiración se calma, que regresa el invierno
con el olor del vino en el caliente hostal,
y el buen fuego, el establo y la cena. Uno cree,
finalmente, que se está dentro, uno cree. Si sale afuera una tarde,
y a la liebre la han apresado y la cocinan caliente
los otros, alegres. Desearía mirarla a través de la vitrina.

El solitario intenta entrar para beber una copa
cuando él mismo se congela, y contempla su vino:
el color humeante, el sabor pesado.
Muerde su pedazo de pan, que sabía a liebre
en prisión, pero que ahora no sabe a pan
ni a nada. Y el vino sólo sabe a niebla.

El solitario piensa en ese campo, contento
de saberlo ya arado. En la sala desierta
en voz baja se pone a cantar. Vuelve a ver
a lo largo del cerco el mechón de la zarza desnuda
que en agosto fue verde. Da un silbido a su perra.
Y aparece la liebre y ya no tiene frío.

Cesare Pavese

Fragmentos pertenecientes al diaro de Cesare Pavese “El Oficio de vivir” — Ilustración: La joven liebre, de Alberto Durero
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