Literatura, Montobbio

Santiago Montobbio habla del limbo

Hacía tanto tiempo que no teníamos otra cosa que hacer que jugar, silenciosos y ajenos, con los pequeños cristales de colores que quedaron de unos nombres sin sentido que si cada una de las estaciones de afuera de los muros fuera un verso del ave maría Dios podría haber dicho ya algunos cientos enteros. Nosotros, ya digo, barajábamos, sobre barros y muros, cristales pequeños que habían dicho amor, sábana, despedida, precipicio y anillo. Los mezclábamos con sombra y, a veces, si estábamos bien dispuestos, hacíamos ver que reían. Pero durante un larguísimo tiempo, ya que Dios aún no había venido. Por eso creo que cuando vino el ángel deshecho podríamos haberle cerrado la puerta, incluso haberle dicho que no, que no pasara. Pero también sabíamos que la noticia del ángel no tendría noticia, que es falso que haya para el hombre veredicto y que iba a resultar aun más pobre que nosotros. Que iba a disculparse y decimos que llegaba tan tarde porque tenía vergüenza de confesarnos que el destino de Dios es el más triste destino, que no tenía ni sitio, que o no lo había encontrado o no lo había. Como le vimos musgo de agua en los ojos, le invitamos a vino, le enseñamos los nombres con que jugábamos (todo lo que teníamos) y hasta tuvimos piedad nosotros. «No se preocupe, que ya lo sabíamos» obviamente fue lo que dijimos. (Limbo)

Tiempo muerto

«¿Fernando, es usted Fernando Quintana?», me dijo. Di un sorbo a la cerveza y, sonriente, le señalé la silla. «Sí, soy yo», respondí. Entonces dudó al sentarse, y me temo que lo que era ya una duda cierta le pareció una cursi pedantería, o una fantochada simplemente. Durante un tiempo breve pero que parecía tejido con lento aceite nos resultó obligado miramos como intentando desentrañar quién de los dos era el más imbécil. Pero la vida exige respuestas rápidas y teníamos trabajo. Así hablamos de libros y de los demás aburridos extremos sobre los que supuse que en estos casos resultaba oportuno conversar. Que al ir a pagar la cuenta no hubiera sucedido nada fuera de lo normal y que al despedirnos yo todavía conservara una cordialidad rayana en el entusiasmo es culpa de mi madre. Haber estado bien educado, y más si uno nació en un país zafio, es algo que se paga.

Santiago Montobbio

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