Viajes

París, una grieta en la leyenda gala

El manido eslógan de que “París es siempre París”, fuera de ser una recordada película de Yves Montand, tiene algo de verdad en cuanto a la perenne belleza de la ciudad museo, pero también cuando el visor humano capta sus síntomas de momificación. No es  que la Ciudad Luz –sobre todo tras los brutales ataques terroristas del pasado 13 de noviembre– haya perdido su efluvio inconfundible, su maleficio y su ritmo, su fiesta nocturna y su aborrascada sensibilidad, esa con la cual nos acompaña sin necesidad de otra compañía.

Es que no solamente existe ese París de leyenda, esa ciudad real e irreal que mezcla la idealización con una clara y latente belleza, la visión de edificios, monumentos, museos y esculturas famosas redobladas en reverencia por nuestra propia ilusión y por una publicidad monstruosa. Dejemos al lado la momia cultural que comenzó a ser desde hace varias décadas la “Francia eterna” del general De Gaulle y entremos de lleno en lo que está sucediendo alrededor del monstruo dormido. Y es que las preocupaciones del alma, la metafísica y la vieja inspiración de Verláine ya no llueven en París, sino que se ahueca en el corazón de los franceses, comienza a diluirse por las urgencias vitales.

Los de la tertulia, los desvelados ya no son César Vallejo, Sartre o Rimbaud. Son los que todavía pueden vivir “emborrachando a Lulú con su champagne” en dos o tres barrios cuyos cabarets no descansan, como Montmatre o Montparnasse y la rue Saint Denis, siempre con música y sin sueño, intentando vender los últimos mitos de una patética pornografía.

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Viejos vicios

Los clochards siguen perteneciendo al paisaje de la ciudad. Por la rue du Petit Point, entrando al Barrio Latino, los snobs o los auténticos vagabundos de la ciudad pueden ser filósofos agotados, rebeldes sin causa o golondrinas de un solo verano a quienes se les acaba la borrachera o la droga con los primeros fríos y dejan de dormir en las calles, decepcionados de la vida, pero haciendo el amor bajo las hojas amarillentas de un viejo periódico. Las pobres gentes de París siguen siendo los árabes, los negros, los sudamericanos y los asiáticos, pero el verdadero marginado padece lo que dijo haber padecido García Márquez en El olor de la guayaba. El hambre del artista es otra hambre, aunque también mata.

Me gusta cantar La vie en rose en el Puente de las Artes, también me inflama el placer de llegar a París como el que llega a su propia casa. Quien esto escribe se bebe el peor vino del Café Saint Germain o de la rue du Bac como si fuera el mejor del mundo, se siente Mao TseTung en un restaurante chino o se inventa a Isidore Ducasse en la Plaza de las Pirámides. Y siente, sin previo aviso, la rara gloria de asegurar que, efectivamente, París es una fiesta. El espejismo es recíproco y ese misterio existe. Así, sin más.

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