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Caspar David Friedrich, el gran romántico del arte alemán

En una sala de la Gemalde Galerie, del Museo Dahlem de Berlín, hay cinco telas que sorprenden al visitante por su dimensión del espacio, por la profundidad del paisaje y el juego de luz: son cinco cuadros de Caspar David Friedrich (1774–1840), el más interesante, posiblemente, de los pintores románticos europeos.

La revalorización de la pintura y de los dibujos de Caspar D. Friedrich es un fenómeno de los últimos años. Y más que a una moda pasajera, responde a una nostalgia visual y sentimental. En efecto, en este pintor de vida solitaria y torturada se encuentra, más que en cualquier otro, ese sentimiento del paisaje que los románticos descubrieron, tanto en la pintura como en la poesía. En sus obras la naturaleza, el puerto, las marinas, la luz son imágenes impregnadas de vivencia de sensaciones y de sentimientos, a pesar del realismo rígido de los objetos, de la consecuencia de su constructivismo.

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Es imposible no asociar el arte de Friedrich a los textos de los poetas alemanes casi contemporáneos, ya que mantuvo amistad con algunos de ellos y su concepción de la pintura es muy semejante a la concepción de la poesía que tuvieron los creadores del Sturm und Drang.

Las relaciones entre la poesía y la pintura fueron especialmente estrechas durante el romanticismo, y si Goethe fue profesor de dibujo, por ejemplo, muchos pintores románticos fueron poetas, no sólo en sus cuadros, sino en sus versos. Ludwig Tieck, contemporáneo de Friedrich, y excepcional poeta, dijo del pintor: “Esta naturaleza, realmente maravillosa, me ha conmovido profundamente, aunque en ella hay muchas cosas que me resultan oscuras.”

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Hasta la década de los 90, prácticamente no existía bibliografía en castellano acerca de Caspar D. Friedrich. En su antología del romanticismo alemán, titulada El entusiasmo y la quietud, Antoni Martí recogió, sin embargo, algunos fragmentos de los diarios de Friedrich, obsesionado por la función de la pintura y de la poesía. Este exigía la presencia íntima y espiritual del ojo que ve, como decía Antonio Machado, y rechazaba una pintura que reprodujera fielmente la realidad, aun en sus menores detalles, pero no hubiera penetración de la naturaleza. Comentando las modas literarias y pictóricas, Friedrich dijo: “Vivo más bien de la esperanza de que el tiempo abolirá lo que él mismo ha engendrado, y sin demora. Carezco de la debilidad de sacrificarme, contra mi convicción, a las exigencias de mi época. Me encierro en mi lacra, que otros hagan lo mismo, y dejo que el tiempo decida lo que saldrá de él, una mariposa multicolor o una polilla.”

Posteriormente, Blume publicó el minucioso ensayo de Jens Cristian Jensen acerca de la vida y obra de Caspar D. Friedrich, que es un modelo de estudio de las relaciones entre el autor y los poetas dé su época, al mismo tiempo que una admirable penetración en su obra. El libro cuenta además con excelentes reproducciones de cuadros y dibujos, aunque no se trata, para alegría del lector, de una de esas ediciones de lujo, inaccesibles para los castigados bolsillos actuales. El ensayo de Jensen es considerado como el intento más serio y profundo de comprender la pintura de Friedrich desde sus postulados pictóricos y místicos, desde su profunda convicción romántica y hay que agradecerle que jamás la erudición gane las páginas del libro, sino que lo haya escrito con amenidad y en un lenguaje al alcance de todos. No es, tampoco, una variación en torno a los presupuestos literarios de la obra del autor, pues mantiene, casi siempre, la independencia entre ambas expresiones.

La obra de Jensen es, en primer lugar, una sorpresa agradable y ojalá estimule un estudio más amplio sobre las múltiples relaciones entre la poesía y la pintura, características del romanticismo, pero de las cuales hay tan pocos trabajos en nuestra lengua.

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Algunos fragmentos del Diario de Friedrich son ejemplares en cuanto al sentimiento de la naturaleza que los románticos alemanes supieron encontrar. “Salí de pronto de un bosque sombrío y espeso y me encontré en una pequeña colina. La coqueta ciudad estaba allí, ante mí, muy amical en el fondo del valle, rodeada de fértiles colinas, y la torre recientemente cubierta de pizarra relucía en el esplendor de la noche. (…) Y, detrás de las colinas, estaban las montañas, y detrás de éstas, surgían las rocas que se alineaban unas junto a otras hasta desvanecerse en la lejanía del aire. Invadido por una gran alegría, permanecí mucho tiempo contemplando aquella hermosa región. (…) Me acordé entonces de las hermosas muchachas que había visto allí unos meses antes al atravesarla y me apresuré a cruzarla antes de que cayera la noche. Cierra tu ojo físico —aconseja Friedrich— con el fin de ver ante todo tu cuadro con el ojo del espíritu. Luego, conduce a la luz del día lo que has visto en tu noche, con el fin de que tu acción se ejerza a su vez sobre otros seres, del exterior hacia el interior”.

En la obra de Friedrich no está presente sólo un genio individual, sino el espíritu de una época, una concepción del mundo. Jensen apunta, especialmente, en su ensayo crítico, a un aspecto fundamental de esta concepción: el rigor interior que el pintor le exigía a su vida para ser fiel, religiosamente fiel a su obra. De la misma manera que los poetas románticos pretendían entregarse a todos los sentimientos y pasiones para huir de la mediocridad.

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