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Tocado por la rara gracia del talento

¿Quién duda todavía que el escritor estadounidense Bret Easton Ellis no es el mejor novelista de todos los tiempos? ¿Quién duda que Cervantes, Shakespeare, e incluso Dante u Homero lo esperan en el limbo de los genios para declararlo rey absoluto de toda esta cosa llamada Literatura? Por supuesto que estoy exagerando, pero si has leído hasta aquí es porque eres un lector impresionable o escéptico, o escrupuloso, y confías demasiado en tu absurda e irrelevante opinión literaria. Ya es hora de que te caigas del burro, pues si has llegado a este punto es porque no sabes mucho del tema o tal vez nunca has oído hablar del inconmensurable Bret Easton Ellis. Paladea ese nombre. Invoca a Zeus para que te permita conseguir alguno de sus libros.

A lo mejor he hiperboleado un poquito y se me fue la mano diciendo que es el mejor y esto y lo otro. No voy a exagerar tanto, solo voy a escribir que es el mejor novelista de la historia y que Tolstoi y compañía, a su lado, son unos amateurs y que si alguien por ahí dice otra cosa, al menos nadie me podrá negar que, entre los autores contemporáneos valiosos y raros está Mr. Bret Easton Ellis, con un estilo que algunos críticos miopes han comparado con el de Hemingway. Algo completamente injusto, ya que la escritura de Easton es en sí misma un estilo único e inigualable. Recuerden estos títulos: Less than Zero, The Rules of Attraction, American Psycho, The Informers, Glamorama, Lunar Park, Imperial Bedrooms. Con solo acercarnos a los títulos de sus novelas sentimos —sí, te estoy incluyendo— la fuerza amenazadora de su talento, el electromagnetismo de las estructuras falsamente simples de sus obras. Piénsenlo, no es un autor de culto por gusto, ni sus textos tienen tanta fuerza gracias a nada.

Su “raritud”, en este caso se debe a la habilidad con que fracciona al lector, su capacidad de quedarse para siempre dentro de este, a pesar de la avalancha de la tecnología, la ropa interior femenina, las series televisivas, las peleas familiares, las casas en la playa, o sea, a pesar de todos esos entretenimientos contemporáneos que hacen que la vida se suceda a una velocidad vertiginosa y casi nada tenga prioridad en nuestras mentes.

Leer a Bret Easton Ellis es crearnos una cicatriz, no hay manera de escapar con vida, y eso —concordarán conmigo—, solo puede lograrlo un escritor muy raro. De otro modo, hace unos cuantos años atrás, no hubiera tenido esta conversación con una muchacha bastante extraña que en aquel momento no conocía realmente y que decidí llamar “Lydia” gracias a la novela American Psycho, donde un asesino visita con regularidad un videoclub para alquilar películas con títulos tan sugerentes como Reformatorio de travestis, El caliente bollo de Pamela o Dentro del culo de Lydia, y contrata, vía telefónica, el servicio de prostitutas hermosas y desinhibidas. Lo único que sabía bien de ella es que estudiaba filología y que cobraba veinte dólares por sesión. ¿Puedo llamarte Lydia?, le dije en nuestro primer encuentro. ¿Por qué? Yo le hablé de mi admiración por Bret, y ella sonrió, dijo que también era una admiradora y que su novela American Psycho debería ser estudio obligatorio en todas las universidades del mundo. ¿De verdad…?, dije, confuso ante la idea de ver a millones y millones de universitarios adentrándose en la mente de un asesino. Pero claro que podría serlo, porque American Psycho no es un análisis de la decadencia de la sociedad de consumo, es la exposición del interior de un ser humano, el hombre frente al espejo de su obsesión, por eso es una obra absolutamente pedagógica y hermosa.

J.R. Fragela

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