Lihn, mujeres

La imagen de la mujer en la poesía de Enrique Lihn

Rosario, Beatriz, Paulina, Isabel, Lenka, Nathalie, Franci(s), Verónica, Raquel, Gabriela, María Dolores, Adriana, Claudia, Venus, Salomé, Herodías, Filis, Filomena, Psique, la muchacha cubana, la muchacha del pueblo, la muchacha florentina, la muchacha canela, la guitarrista más bella del mundo, la reina de corazón, la tapicera perfecta, la “girl asleep”, Martha Kuhn-Weber, la anciana adorable de Poemas de este tiempo y de otro y ¿por qué no?, las ninfas y las sirenas, componen un mapa luminoso, y no por ello menos tenso, de la poesía del chileno Enrique Lihn. Un mapa de gran ilustración, muchos flujos y evidente nobleza. Allí lo cotidiano y lo mitológico se combinan, la vida y la muerte tienen asiento y la poesía se alza como un presente en su doble significación de regalo y permanencia. El amor y la poesía en una “especie de postulación a la posteridad… pero sólo en la medida en que se lea como una de esas iluminaciones compensatorias que nos permiten, piadosamente, sobrellevar una depresión muy intensa… De todos modos, escribir (amar) es un acto de autoafirmación” (Lihn en Lar N°s 4 y 5, 1984: 6).

Mujeres poderosas, mujeres razonables o alocadas; guerreras y gacelas, casi ángeles, casi demonios, sirenitas de la tierra, mariposas de otro, fulana, o nombre propio, embaucadoras, hay, en el libro dedicado a Claudia, que habla del vacío ocupado y recupera imágenes con fondo de playa, alguien más; hay otra protagonista principal en este texto que nos descubre que un amor no borra a otro, pues las víctimas de eros sobreviven al crimen y “la memoria, también a su manera ama y como alguien dijo no hay olvido”. Además, Gabriela Mistral, por no decir Machado, lo anunció: se aman las cosas que nunca se han tenido y las que ya no tenemos y, aunque el amor no perdona a los que juegan con él, también es posible el amor después del amor. ¿Desasosiego de amor y un triángulo? ¿un doble triángulo?. Bueno, esto parece casi cursi o en el mejor de los casos agonía romántica y nada es así en un libro hermoso, duro, ilustrado, extremo e irónico. Atento y desatento a las clásicas distinciones de Barthes entre quien habla, quien escribe y quien existe, Enrique Lihn es capaz de trabajar con la lengua como si estuviera fuera de ella y así “distribuir” su subjetividad privada del mismo modo que lo hace el dramaturgo que confía su discurso a otras voces: Herrera, Suárez, Neruda, Sade, Apollinaire, Botticelli, Bellini, Quevedo… y, finalmente, el “otro” que existió mientras duró la escritura que es consagración de algunos instantes y en el mismo gesto huida y flujo. Se fija algo y se expresa también la desconfianza en las palabras incapaces de llenar la distancia, el espacio. La polifonía hace estallar las lecturas racionales, sólo amatorias y afirma los límites entre lo mismo y lo otro.

 

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