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Leyendas de la alicaída Atenas

Cuenta una vieja leyenda ateniense que ciertas noches, cuando la luna ciega las miradas de las Cariátides, puede verse el fantasma de Aspasia dirigirse hacia la Acrópolis. Sube tranquila hacia los Propíleos y allí se pierde entre las columnas, porque jamás nadie la ha seguido, tanto miedo hay a los fantasmas. Algunos atrevidos se encaraman a Filopapou y desde allí, con ayuda de prismáticos, pero ya antes con la ayuda de algún catalejo, la ven encaramarse ante las puertas del Templo de Atenea Nike, encender un pequeño fuego, hacer unas libaciones. Queda después un rato inerte, como orando o rezando a viejos dioses que ya no existen –hemos matado todos los dioses–, con la mirada fija en el suelo, de cara al templo. De pronto, como si a punto estuvieran de apresarla, de descubrirla o de matarla, mira nerviosa a todos lados –es cuando los espectadores que la contemplan desde el monte de enfrente creen ser los culpables de tal comportamiento, sin darse cuenta que lleva haciendo lo mismo casi veinticinco siglos– recoge apresurada sus cosas y desaparece en la Acrópolis sin que hasta el momento, ni siquiera los mejores prismáticos, nadie haya conseguido saber por donde sale. Porque lo que es seguro es que sale. Porque sin falta, religiosamente, con esa inalterabilidad sagrada que tienen los rituales, cada vez que la luna ciega las miradas de las cariátides, vuelve a aparecer Aspasia, la única mujer que se atrevía a discutir con Sócrates. La razón por la que los taciturnos y abatidos atenienses de hoy siguen creyendo en esta fantástica leyenda es historia para otro artículo.

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